En Almoloya de Juárez, el alcalde Adolfo Solís Gómez vuelve a quedar exhibido por una conducta que ya no sorprende, pero sí indigna: exigirle al pueblo lo que él no está dispuesto a cumplir. Mientras su gobierno presiona a los ciudadanos para que paguen puntualmente el servicio de agua potable, el propio presidente municipal mantiene adeudos de varios años por este mismo servicio en propiedades de su propiedad.
La hipocresía institucional no termina ahí. De acuerdo con información conocida, la propia Presidencia Municipal tampoco paga puntualmente el agua, confirmando que en Almoloya de Juárez la ley y las obligaciones no aplican para quienes gobiernan.

En lugar de regularizar los adeudos y dar la cara, la administración encabezada por Solís Gómez habría optado por pretextos, omisiones y maniobras administrativas para evadir el pago del agua ya consumida. Un acto que no solo constituye una falta administrativa, sino que refuerza la percepción de abuso de poder, privilegios y total impunidad.
Resulta ofensivo que el mismo alcalde que no paga el agua pretenda erigirse como defensor del medio ambiente y promotor del “rescate” del Ojo de Agua, cuando ni siquiera cumple con la obligación más básica relacionada con ese recurso. Hablar de rescate ecológico desde la deuda y la omisión es una burla para la ciudadanía.
El mensaje es claro: para el gobierno municipal hay dos reglas distintas, una para el pueblo y otra para el alcalde y su círculo. A los ciudadanos se les cobra, se les amenaza con recargos y cortes; al presidente municipal se le tolera, se le encubre y se le justifica.
Un alcalde que no cumple, que evade, que utiliza el poder para su beneficio y que desprecia la legalidad no tiene autoridad moral ni política para exigir orden, responsabilidad o pago alguno a los habitantes de Almoloya de Juárez.
Hoy el municipio no necesita discursos vacíos ni proyectos de propaganda. Necesita un presidente municipal que pague lo que debe, que rinda cuentas y que entienda que el cargo no es un blindaje para incumplir, sino una responsabilidad para servir.
En Almoloya de Juárez, el problema no es la falta de agua.
El problema es un gobierno que se la debe al pueblo.
