La máxima del poder es llegar al poder para conservarlo; no hay objeción en ello, el problema radica cuando las condiciones mínimas de competencia legal y equitativa se pierden por mañas que quitan certeza a la competencia política. A lo cual se suma la falta de resultados de gobierno que perjudican a los ciudadanos de todo un país, resultados que no pueden ser medidos porque toda estadística fue suprimida y borrada para no ser consultada; no hay transparencia, no hay autoridad regulatoria. Tampoco puedes denunciar porque el Poder Judicial del país está en manos del partido en el poder y no proceden las denuncias en su contra.
Todo esto viene a colación por la reforma electoral que pretende llevar a cabo el partido Morena. Quiere quitar representación a las minorías vía plurinominales, aduciendo su costo, mientras le regala millones en petróleo a Cuba; reducir el financiamiento porque la democracia en México sale muy cara, mientras la corrupción de partido supera por mucho el costo de una elección; hacer alianzas que lejos de ayudarte a presentar mejores proyectos de desarrollo y condiciones de vida a La Mayoría Silenciosa, te generan una sobrerrepresentación legislativa que te permite hacer y deshacer a tu antojo.
Con la reforma electoral que se pretende, no compites con tus opositores, los límites para ganarles, los dejas en desventaja, los ahorcas para que no puedan respirar y sin competencia sana no hay democracias; le quitas al pueblo su derecho a elegir.
La sobrerrepresentación que se generó en el anterior sexenio permitió modificar la Constitución y abrir el camino para minar la competencia electoral a través del órgano impartidor de justicia, cerró el paso a la vía jurídica y maximizó la transferencia de votos, como nunca en la historia moderna. Esto ayudó al Partido del Trabajo y Partido Verde a mantener el registro, ganar curules en el Congreso de la Unión y tener porcentajes nunca antes soñados.
La apabullante mayoría obtenida por Morena, lejos de volverlos más humildes, sacó la peor parte de su líder Andrés Manuel López Obrador, quien, lejos de dialogar con sus opositores para buscar los mejores escenarios para el país, los pisoteó, no tendió puentes, cerró la cortina a sus opiniones, se olvidó de que transformar no es destruir como lo hace Morena, es construir. El legado de Obrador fue lo contrario a transformar: cooptó, amasó y concentró poder, violó la ley, persiguió a sus adversarios y a la prensa, cerró las llaves a la información, mintió en su promesa de acabar con la corrupción.
Limitar a la oposición es quitar contrapesos al poder; lo peor de estos escenarios es que Morena tiene miedo de jugar con las reglas que durante años han construido un mínimo de competencia en México, mala nuestra democracia, es cierto, pero era más fácil mejorarla que destruirla.
Cierto que Morena ya ganó de manera amplia el poder por primera vez, pero gobernar desgasta a los partidos políticos y los pone en tela de juicio cada elección; sus decisiones de gobierno les van limitando su acceso al poder, de ahí que generar reglas a su favor los mantiene de manera permanente, pero La Mayoría Silenciosa no quiere otro PRI, quiere resultados de gobierno, desarrollo, economía, poca inflación y mayor crecimiento. No programas sociales que acaben con la riqueza de un país que tiene todo para crecer y mejorar sus condiciones.
De la oposición mejor ni hablar; ni las manos están metiendo ante la postura de Morena, no tiene propuestas, solo quejas. Lejos quedaron aquellos tiempos en donde daban la batalla mediática; ahora, todo lo quieren negociar, aunque sea poco lo que les dan. Los aliados de Morena, no pueden ser más entreguistas, no pretenden generar un programa de desarrollo, solo quieren su parte del pastel, disfrutar los privilegios y la protección que gozan quienes viven del poder.
Presume Horacio Duarte tardía mediación en El Oro
El municipio de El Oro vive momentos álgidos por la confrontación entre ediles, funcionarios públicos y ciudadanos contra la presidenta municipal, Juana Díaz Peñaloza, pleito que lleva varios meses, donde la falta de diálogo y cerrazón por parte de la alcaldesa, llegó a límites insostenibles, donde se apoderó de las arcas municipales de manera unilateral. Sin que ninguna autoridad gubernamental mediara en el conflicto, los agravios escalaron a ofensas y groserías que llegaron a la esfera nacional.
Luego de meses de conflicto, el secretario general de Gobierno se acordó de hacer su tarea y, por medio de una foto, informó: “Se, “se acordó un diálogo con los actores políticos y la ciudadanía, con el objetivo de mantener la paz y el bienestar por instrucciones de la gobernadora Delfina Gómez”. Presumir una tardía mediación cuando su responsabilidad es encargarse de la política interna del Estado, prevenir este tipo de sucesos y dialogar con las partes para llegar a un acuerdo es una burla. Sin embargo, su estilo es ese, llegar tarde a todos los problemas del Estado de México.
