La ampliación a cuatro carriles en San Francisco Tlalcilalcalpan se ha convertido en un ejemplo claro de cómo los anuncios rimbombantes no siempre se traducen en resultados para la ciudadanía. La obra, presentada con bombo y platillo por el entonces gobierno municipal encabezado por Adolfo Solís y programada para concluir en diciembre de 2025, sigue inconclusa a febrero de 2026, con un avance que genera más cuestionamientos que confianza.

Más allá del retraso, lo preocupante es la forma. A la fecha, vecinos señalan que nunca se entregó la carpeta de conceptos y especificaciones técnicas prometida, un documento básico para garantizar transparencia y permitir que la ciudadanía conozca qué se está construyendo, cómo y con qué recursos.
Un simple recorrido por la zona basta para evidenciar una serie de inconsistencias que no pueden ni deben pasar desapercibidas:

No existe información pública clara sobre la capacidad técnica y experiencia de la empresa constructora encargada del proyecto.
Se desconoce quién asumió formalmente la responsabilidad del Comité Ciudadano de Control y Vigilancia (COCICOVI), figura creada precisamente para evitar irregularidades y simulación.
Banquetas mal trazadas, algunas de apenas 40 centímetros, con obstáculos que invaden el paso peatonal.
Errores evidentes de trazo, lo que sugiere una ausencia real de trabajos topográficos adecuados.
Guarniciones desproporcionadas en accesos, que lejos de facilitar la movilidad, la complican.
Estas observaciones no provienen de un escritorio ni de una consigna política: se observan a simple vista y están documentadas en imágenes tomadas por los propios habitantes.
Resulta inevitable cuestionar el papel de quienes han visitado o supervisado esta obra: autoridades del Gobierno del Estado de México, diputación local, ayuntamiento, autoridades auxiliares y representantes de organismos empresariales. ¿Avalan este tipo de trabajos? ¿O simplemente miraron hacia otro lado?
San Francisco Tlalcilalcalpan no merece obras improvisadas ni proyectos ejecutados a medias. La ciudadanía no pide favores, exige respeto. Y ese respeto empieza por obras bien planeadas, bien ejecutadas y transparentes, no por discursos ni cortes de listón adelantados.

